14 noviembre, 2016

Besos

Los besos sabor a polvo se distinguen más que otros, besos que desentierran la necesidad de existir, de ser recordados, de ser sentidos. 

Besos sabor a polvo, guardan tiempo, guardan palabras, guardan todo. Besos sabor a polvo que no saben a nada, pues al fin y al cabo, son sólo polvo.

01 noviembre, 2016

Conspiración

Año 2238  

Stephan toma el Gasoducto número 45A con destino a la corteza externa. Son treinta minutos de camino así que intenta llegar a la cubierta del bar para comprar unas tabletas. El pasillo está lleno de obreros y maquinistas que salieron temprano por ser navidad. Stephan lo había olvidado por completo. Su Yoket, un dispositivo similar al armazón de un lente que tiene toda clase de aplicaciones, es capaz de medir temperaturas, niveles de toxicidad en el ambiente, oxigeno, signos vitales, acceso a la gran memoria, conexión intercraneal con otros usuarios, y además guarda absolutamente toda la experiencia de vida, para ser utilizado como evidencia en los tribunales en caso de cometer algún delito. El dispositivo emite un sonido y se proyecta la imagen de una estrella girando, es el símbolo de mensaje nuevo. Es el banco, siempre envían mensajes en los gasoductos con la esperanza de tomar desprevenidos a los usuarios, una vez abiertos no puedes ignorarlos, pero si no los abres, por ley no pueden intimidarte, no a través del Yoket por lo menos. 

   Stephan rodea toda la cubierta para llegar al bar por la parte de atrás. Hay una puerta de metal muy grande color gris oscuro. Stephan toca tres veces y luego dos más. La puerta responde con un toque y luego se abre. Una mujer con el cabello completamente blanco, de piel oscura con tatuajes color blanco brillante en la cara y los brazos. Lo mira y le sonríe. 

–¿Otra vez tú? Creí que no volvería a verte. Pasa. 

   Stephan la siguió por un pasillo lleno de cajas y tubos de acero. Todos contenían toda clase de bebidas de colores y texturas distintos. Algunos brillaban, otros tenían burbujas de colores, otros parecían agua con colorante metálico. Giraron a la derecha y luego a la izquierda, la música del bar se escuchaba cada vez más fuerte. La chica pasó su muñeca por un lector, éste se puso en verde y la puerta se abrió. Estaban en un refrigerador de varios metros cuadrados, los estantes guardaban paquetes y maletines negros. La chica tomó uno pequeño de la parte superior. 

–Tengo algo nuevo, no ha sido liberado aún, se va a probar en las fiestas de año nuevo ¿Quieres un poco? 

–Venga, si puedo pagarlo con lo que traigo en la cuenta dámelo. 

   La chica pasa un lector por la muñeca de Stephan, y lo lee. 

–Tu cuenta está bloqueada ¿Olvidaste pagar tu renta, querido? 

   De pronto el lector se pinta de rojo, comienza a sonar una alarma que deja a la chica aturdida. Por la puerta entran una decena de hombres con armaduras, todos apuntan a la chica. 

–¡Bastardo! ¡Malparido!– La chica intentó golpearlo, pero éste la sostuvo con una facilidad impresionante. Tenía debajo de la ropa un esqueleto que triplicaba su fuerza física, duplica su velocidad y gracias su Yoket podía visualizar los patrones de movimiento. 

–Ahórratelo, querida que vas a tener suficiente tiempo hasta para inventarte palabras nuevas. Quedas arrestada Yara, por contrabando de producto propiedad de CM, mi cliente demanda diez mil unidades por el material robado y cinco mil más por intento de sabotaje del producto. Serás transportada a la cubierta de seguridad y en cuanto lleguemos a la corteza exterior serás puesta a disposición de las autoridades. 

   Stephan saca de su pantalón un lector y lo pone sobre la muñeca de Yara. 

–¿Ciento siete mil unidades? Yara, te ha ido muy bien administrando el bar. ¿Quizá debamos investigar si has robado otros productos?– Dijo Stephan. 

–¡Púdrete, imbécil! A-2-7-2-2-0-1 –deletreó– Q-5-0 –Cuando dijo el último número sus ojos se volvieron blancos, una pupila se giró hacia arriba y otra a un lado. 

– ¡No, no, no! Roman ven acá, deprisa, escanéala. Registra su memoria antes de que se desconecte. Quiero saber con quién estaba conectada, dónde estuvo. 

  Uno de los hombres se aproximó y le arrancó el Yoket de un jalón, un chorro de sangre brincó al pantalón de Stephan. Éste se hizo para atrás y comenzó a golpear la tela, intentando sacar la mancha. 

–Señor, este Yoket está hackeado. –Dijo el soldado mientras lo analizaba con unos visores especiales– Si hay información útil ahí, me va a tomar bastante recuperarla. No está conectada, tiene quemado el disco interno y la antena, y parece que, efectivamente, la mujer estaba fuera de línea. 

–¿Cómo demonios hicieron algo así? – Dijo Stephan, sorprendido. 

–Fue removida y vuelta a insertar. Señor, no sabía que en las áreas civiles pudieran hacer algo así. –El soldado estaba verdaderamente intrigado por el descubrimiento. 

–Akira, reporta el suceso a la cubierta, pero llévate el Yoket, márcala como evidencia. Quiero echarle un vistazo. –Uno de los soldados se acerca y coloca en una bolsa el Yoket. Agente a cargo de la detención: Stephan. Licencia no. 384103 ext. CM. Término del suceso: Suicidio. Evidencia: maletín negro, peso exacto dos kilos trescientos siete gramos, Yoket extraído de la sospechosa de tráfico ilegal de sustancias y posible terrorismo para análisis, peso exacto ciento cuatro gramos.– Stephan pasa junto al cuerpo sin vida de Yara y sale del refrigerador. 

  Unas luces azules aparecen en todas las paredes, la música del bar se detiene y una voz anuncia la llegada a la corteza exterior. Stephan sale del bar, hay algunos muchachos terminando sus bebidas, uno de ellos le cierra el ojo a Stephan, este mira hacia otro lado y sigue caminando. La ropa de encubierto lo hacía pasar por un trabajador del ámbito artístico. Le habían quitado la barba lo que lo hacía ver de unos veintiséis, cuando estaba por cumplir treinta y dos. Traía una camisa abierta hasta el pecho, mostrando su adicción al ejercicio. Los pantalones entallados y con textura plástica, manchados de sangre, se los había encargado el chico de vestuario, pues quería conservarlos para él, eran costosos y ahora debía darlos por perdidos.  

  Stephan camina por los pasillos hasta una de las puertas que dan al sur de la corteza. La mayoría de los trabajadores ya había salido. Algunos se dirigen a la estación de tren, otros son recogidos por algún ser querido, ya que para muchos subir a la corteza es todo un acontecimiento, no es barato y se necesitan muchos papeles para poder ingresar. En los cristales sobre la puerta se muestra el mensaje Bienvenido, seguido del nombre de la persona que está por cruzar el arco. Ese era el registro de entrada a la corteza, si alguien había subido a los Gaseoductos sin la documentación, era imposible que pasaran por los arcos sin ser detectados. 

Bienvenido Stephan, ¡feliz navidad!

  La estrella en su Yoket vuelve a aparecer, esta vez Stephan la abre. Se han depositado tres mil unidades a su cuenta, CM te agradece su valioso tiempo y te desea unas felices fiestas.

Estaba justo debajo de los arcos cuando alcanza a leer en la pantalla: 

Bienvenida Yara, ¡felices fiestas! 















27 octubre, 2016

El Niño Que Recordó

  Darío se pone su pijama del personaje de Disney, Peter Pan, que le regaló el abuelo. Su pantalón, ya deslavado y su playera color azul rey lo hacían sentir cómodo al punto de no querer quitársela el día siguiente. Gabriela, la madre siempre se prometía desaparecerla un día antes de meterla a lavar, pero la expresión de su hijo al portarla era una sonrisa que valía la pena cualquier berrinche mañanero, por lo menos hasta que el berrinche se hacía presente el día siguiente. 

    Gabriela coloca un vaso con agua en la mesa de noche, quita los juguetes que esconden la madera rayada de tantas batallas de Batman contra Rayito McQueen. Darío se esconde debajo de las cobijas y comienza a convulsionarse con brincos de aquí a allá con su cadera. Un ataque de histeria, de energía y de infancia que aquellos con hijos pueden comprender perfectamente. Gabriela se inclina sobre su hijo y le da un beso en la frente. El olor a la leche con chocolate, a recién bañado y a juventud le llenan los pulmones de orgullo y amor y se retira. Ninguna luz prendida, Darío ya es un niño grande. 

   Darío no tardó en caer profundo, había tenido entrenamiento de fútbol y le había ido bastante bien. Con una sonrisa recordó el par de atajadas que salvaron al equipo y las palabras de sus compañeros sonaron más y más fuertes, los colores se hicieron más brillantes y de repente pudo sentir el pasto bajo sus pies. Estaba corriendo muy rápido trae un balón entre los pies, frente a él un jugador con jersey blanco y una ralla roja se acerca peligrosamente, un movimiento ágil y el balón sale disparado en el aire justo a tiempo. El contrincante no tiene la habilidad para detectar el movimiento y es dejado atrás. La pelota vuelve entre sus pies, el público grita emocionado, puede escuchar los gritos de uno de sus compañeros pedirle un centro, pero ve una oportunidad, su corazón inyecta adrenalina y su zapato golpea tan fuerte como le es posible. El balón pasa entre el defensa y el despeje, la segunda barrera es el portero que tiene poca visibilidad por culpa del defensa, el balón abraza el poste y entra apenas rozando el interior del tubo blanco. Gol. 

    Corre por la banda y se desliza en el césped sobre sus rodillas para terminar acostado viendo el cielo negro. Las luces, los gritos, los flashes, luego los abrazos, las felicitaciones, la euforia. Su esposa, sus hijas, su perro Skinny raza weimaraner, toda su vida, sus amigos, sus contratos, su auto deportivo, todo estaba ahí en ese momento, en su mente. 

   Un golpe en la espalda por parte del medio lo transporta a un baile. Está en un gran salón, está iluminado con candiles enormes, las mujeres visten con corset incómodos que contraen sus cinturas a tallas ridículas. El ambiente huele a comida, a tierra mojada, a transpiración humana concentrada, a estiércol de caballo en las botas de los caballeros. El golpe en la espalda viene de su padre que lo presenta un tío lejano que los visita desde Francia. El chico entiende un poco, pues tiene poca retención para las clases matutinas con su tutor de idiomas. Es más interesante la mujer que está detrás de él. Una mujer blanca como la nieve con unos labios rojos hinchados, como dos cerezas que te incitan a morderlas. La señora era su tía, jamás la había visto más que en pinturas. Por primera vez sintió la sangre fluir por lugares que había explorado solo en la comodidad de su habitación, jamás en público y nunca sin sentir el roce de su puño. El chico se sonroja e intenta disimularlo con las manos en la entrepierna pero todos los que lo rodean se dan cuenta del acontecimiento. Los varones se ríen a carcajadas, las mujeres agitan fuerte sus abanicos y voltean para otro lado, escandalizadas.

    Las risas resuenan fuerte, el color ámbar se torna más oscuro, más sombrío, el frío entra por sus mejillas, la tierra árida y las piedras se sienten debajo de las suelas de sus botines. Una fogata calienta a los miembros del clan, ella se calienta bajo los brazos de su hombre, un hombre corpulento de piel rojiza, nariz ancha, cabeza grande, lampiño de pecho y espalda. En brazos su niño, casi recién nacido, apenas se están conociendo, la voz y los llantos, los deditos buscan sujetar su dedo todo el tiempo y es devorador voraz de su leche. Ella teme secarse algún día y no poder alimentarlo. Los tambores a lo lejos celebran el fin del invierno, hay bailes y ofrendas. Los rostros se pintan con tierra roja y los dientes relucientes blancos denotan alegría. Ella suspira y mira al cielo, lleno de estrellas, incontables y relucientes. Sonríe y agradece por la abundancia de ese temporal. Cierra los ojos y se deja llevar por el viento. 

   Darío abre los ojos. Se queda un instante contemplando su techo estrellado con figuritas fluorescentes. Corrió hacia su madre que aún dormía. La despertó con empujones y ella abre los ojos aterrada. El niño grita cosas, nombres, lugares, la madre no entiende nada. Cuando la razón vuelve a la madre presta un poco más de atención a los detalles del relato de tu hijo. Primero sonó completamente disparatado, pero después las historias, la cantidad de información, de detalles era impresionante. Tomó su celular, buscó el nombre de aquel futbolista que Darío recordaba haber personificado. Con la pantalla encendida dando la espalda al niño fue corroborando nombres, fechas. Todo era real. Las historias más antiguas fueron difíciles de comprobar, pero con ayuda de un historiador fueron recolectando migajas aquí y allá. Incluso viajaron a Escocia, donde supuestamente se había llevado a cabo la fiesta con los familiares franceses. Darío condujo al taxista exactamente al castillo que él recordaba. Se bajaron del vehículo y les dio un recorrido detallado, como si se tratara de su propia casa. Los actuales dueños se unieron al recorrido, y sorprendidos descubrieron historias en cada grieta de un castillo que había estado en su familia por generaciones. 

El taxista, que se había quedado impactado por el niño se acercó a la madre y le pregunta 

¿Qué cree que sea? ¿Un ángel? – Le susurró al oído, sus manos sostenían un dije religioso, en inglés. 

Todos somos uno. – Respondió la voz de Darío detrás del taxista, en español. 

   La madre y el taxista voltearon sorprendidos por la respuesta, el taxista no entendió la respuesta pero fue quedó convencido de que el niño sí le entendió a él. 

¿A qué te refieres mi amor? –Dijo Gabriela. 

–Fui, soy y seré todas las personas vivas, puedo recordarlas a todas cuando duermo. Pero hoy soy Darío y hoy tú eres mi mamá. Tengo ganas de una hamburguesa, ¿Podemos ir a Mc Donald's?   








26 octubre, 2016

El Baile de las Flores



  Yeyeth atraviesa el campo de flores que rodea la cabaña de su viejo. Ellas se inclinan hacia los lados para permitirle el paso. Yeyeth suelta un chiflido que resuena por la copa de los árboles más cercanos. Un destello vuela hacia ella a toda prisa. El destello provenía de un ave cuyas plumas están formadas de pequeños espejos, se detiene en el hombro de Yeyeth y sus ojos negros profundos se cruzan, las plumas del ave producen un sonido hermoso al frotarse entre sí. Yeyeth coloca su mano sobre el ave y le acaricia la cabeza con ternura.  

  Se escucha un ruido, unas ramas que crujen al ser destruidas con una zancada pesada y lenta. El ave se refugia debajo del cabello negro y lacio de Yeyeth. Un extraño ser de por lo menos dos metros de altura se acerca en línea recta hacia ellas por donde empieza el bosque. El ser viste una capa negra hasta los pies, porta una máscara blanca con un pico largo y grueso, la mascara simula el cráneo de algún animal o quizás lo sea. La máscara apunta hacia el suelo por lo que poco puede ver del camino y aún desconoce de la presencia de la pequeña. Los hombros del ser se tambalean de un lado a otro, como lo haría una balsa a la merced de la corriente marina. 

 Yeyeth no muestra expresión alguna ni se aparta del camino. El ser se detiene abruptamente al cruzarse con la sombra de Yeyeth. No se pronunció palabra ni se emitió sonido por bastante tiempo, finalmente el ser pronunció: 

–Ahora existes, pequeña, puedes hablar. Dijo el ser con un gran esfuerzo y un tanto molesto. 

–Disculpe que interrumpa su paso Zeuj, soy Yeyeth de Anul hija de Rethaf.– Yeyeth baja la cabeza como reverencia y prosigue–. Si me permite seguir hablando quiero decirle lo siguiente. Sé a dónde se dirige, y sé cuál es su intensión. Es un viaje noble y sumamente valiente el que usted hará, me gustaría pedirle un favor. 
–Eres valiente querida Yeyeth de Anul, sin duda. Hablarme directamente puede considerarse una ofensa y podría arrebatarte el corazón por el descaro. Y siento decirte que no concedo favores, he venido por tu padre para cruzarlo por el río, se le ha prestado tiempo y es momento de que lo devuelva, como en algún momento vendré por ti, ahora apártate y déjame seguir.

–Si me permite volver a dirigirme a usted, no es tiempo lo que le quiero pedirle. He disfrutado junto a mi padre el tiempo que le fue otorgado. Quiero pedirle Zeuj, que al cruzar el río le permita a mi amiga posarse sobre su hombro, sin más, sólo eso. Mi padre tiene la costumbre de quedarse dormido al instante con su canto. Quiero que su viaje de vuelta al ciclo comience así, con un sueño profundo. 

La máscara del Zeuj se levanta para encontrar los ojos de Yeyeth. Los ojos del Zeuj eran blancos y completamente redondos. A pocos se les había concedido ese honor. Yeyeth lo sabía.  

–Tu padre está acompañado, querida Yeyeth y continuará de ese modo hasta terminar nuestro viaje, ahora déjame pasar.

Yeyeth le susurra algo a su amiga, el ave sale de entre su cabello y vuela hasta la capucha del Zeuj, y se posa en la parte más alta, da algunos brinquitos hasta encontrar el lugar indicado para sostenerse. Yeyeth da dos o tres pasos hacia atrás y sus ojos se llenan de lágrimas, siente la brisa con olor a mar, una sensación de calma, de paz la inunda por unos momentos, después de disipa y deja en su lugar un sentimiento de soledad e impotencia. Yeyeth no puede seguir el recorrido del Zeuj con la mirada. En Zeuj entra a la cabaña y el sonido de la puerta golpea detrás de él. 

El bailoteo de una de las flores la acompaña hasta que escucha la puerta de la cabaña abrirse y cerrarse nuevamente. El sonido de las zancadas se aleja hasta que desaparece por completo. 

     

Créditos de la Imágen: [ Still Village ] Via Sumerian Records